El rey David era un adorador
y un servidor de Dios. Cierta vez recibió la indicación del Señor, de levantar
un altar y presentar un holocausto (2ª Samuel 24).
En la antigüedad, un
holocausto era un sacrificio
religioso en el que una ofrenda animal era consumida completamente por el
fuego. A diferencia de otros sacrificios donde parte de la carne se repartía
para ser comida, en el holocausto todo se quemaba como una señal de entrega
total a la divinidad.
David rechazó
lo fácil. Entendía que el Señor no merecía migajas ni recortes ni sobras. El holocausto requería
el mejor animal. Requería no reservar nada para sí. Pero también David decidió
invertir de lo suyo para ofrecerlo. Por eso compró el lugar. Porque un
holocausto no se ofrece con cosas ajenas. El holocausto es personal, es entrega…
El servicio es un holocausto. El servicio es entrega.
¿Cuánto cuesta
el servicio?
La enseñanza
de la palabra de Dios es entrega. Requiere pasar tiempo con él, recibiendo su
ministración personal y el mensaje a transmitir. Requiere preparar ese mensaje
de modo que sea entendible al destinatario, sea adulto, joven o niño. Requiere
que el mensajero esté preparado: no solo que sepa lo que debe decir, sino cómo
transmitirlo. No es lo mismo hablar a un niño que a un joven o a un adulto.
¿Nos va a
costar?
Sí. Tiempo.
Oración. Renuncias. Estudio, de la Biblia y de los métodos y técnicas de enseñanza. Ensayo
y ¿por qué no? Errar y volver a empezar.
¿Ofreceremos a
Dios holocaustos que no nos cuesten nada?
Dios dio todo
por nosotros. Sabemos cuánto le costamos. ¿Y por qué pensamos que servirle es
algo que hacemos para nuestra satisfacción? Cuando nos gusta, avanzamos. Cuando
nos cuesta, abandonamos.
Te invito a
repensar tu ministerio a la luz de esta declaración que hizo el rey David.
Que este sea
tu año de entrega total.
HMG



